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La felicidad podría encontrarse en dedicarnos a aquello para lo que realmente tenemos talento y vocación
00:10 domingo 8 marzo, 2026
Colaboradores
A veces me da por pensar que la felicidad no es lo que creemos, y que
quizá sea algo mucho más modesto de lo que pensamos. ¿Y si no fuera, por
ejemplo, más que poder realizar en libertad lo que nos gusta, lo que nos sale
mejor, o, dicho con palabras llanas, lo que nuestro corazón prefiere?
Pon a un estudioso a organizar reuniones y a dirigirlas, y verás cómo poco
a poco el carácter se le avinagra; pon a un alma serena y contemplativa en la
situación de tener que organizar una oficina y verás cómo, con el paso del
tiempo, se le muda el semblante: ya no se reirá de nada, ya no sonreirá con nadie,
y tal vez hasta se le vaya la vida quejándose de todo. ¿Ha conocido usted gentes
así, doloridas y quejumbrosas? No las juzgue, entonces, señor, con tanta
severidad: acaso alguien las hayan sacado del agua, a ellas, que tenían vocación de
peces…
También empiezo a creer que la felicidad pública tiene que ver, y mucho,
con la felicidad privada. ¿No me cree? Bien, lo invito a contemplar la siguiente
escena: una mujer tiene que estar ocho horas al día detrás de un mostrador
cuando lo que quisiera es estar en casa escribiendo una novela; observe usted
cómo trata a los demás, cómo se deshace de ellos en cuestión de segundos para
que no sigan molestándola con sus preguntas impertinentes. ¿Qué le importan a
ella los papeles que debe llenar o las solicitudes que debe expedir? ¡Un comino,
eso es lo que le importan, y si pudiera prendería fuego a todos esos legajos de una
vez por todas! Sí, señor: seamos benévolos con estas pobres gentes
malhumoradas, pues se ve a las claras que no están haciendo lo que quieren.
¡Ah, si todos estuviéramos en donde debemos estar, cómo cambiaría la
vida! Seríamos entonces amables y educados: en una palabra, felices, porque esto
y no otra cosa es la llamada felicidad.
Era el año de 1575 cuando don Juan Huarte de San Juan publicó un libro
que llevaba por título Examen de ingenios para las ciencias; en él hacía ver –con muy
poderosos argumentos, según mi modesta opinión- que los hombres nacimos
sólo para una cosa, y que únicamente si logramos dedicarnos a esta sola cosa
estaremos en paz con nosotros mismos; por lo cual, aconsejaba nada menos que
al rey que legislara en tono a este grave asunto y no permitiese de ninguna
manera que el labrador se metiese a zapatero, ni el legislador a médico, ni el
abogado a matemático, ni el médico a filósofo, ya que si esto llegase a suceder la
sociedad acabaría pagando tarde o temprano las consecuencias. Escuche usted lo
que este docto varón escribió al invencible rey de todas las Españas:
«Para que las obras de los artífices tuviesen la perfección que convenía al
uso de la República, me pareció, Católica Real Majestad, que se había de
establecer una ley: que el carpintero no hiciese obra tocante al oficio del labrador,
ni el tejedor del arquitecto, ni el jurisperito curase, ni el médico abogase, sino que
cada uno ejercitase sola aquel arte (sic) por la cual tenía talento natural, y dejase las
demás. Porque considerando cuán corto y limitado es el ingenio del hombre para
una cosa y no más, tuve siempre entendido que ninguno podía saber dos artes
con perfección sin que en la una faltase. Y porque no errase en elegir la que a su
natural estaba mejor, había de haber diputados en la República, hombres de gran
prudencia y saber, que en la tierna edad descubriesen a cada uno su ingenio,
haciéndole estudiar por fuerza la ciencia que le convenía, y no dejarlo a su
elección».
Querer no es poder, ni poder querer: he ahí la cuestión, querido amigo.
Éste hombre que tenemos enfrente, por ejemplo –el que preside la fila, ese de
pantalones color caqui y camisa a cuadros-, tal vez quiso en otro tiempo ser
escritor, pero le faltó ingenio y claridad para convertir sus pensamientos en
ensayos y libros; pero, en cambio, cuando habla es un águila descalza. Ahora
bien, ¿no sería perder el tiempo querer dedicarlo a lo primero cuando podría ser
un maestro consumado en lo segundo? Por eso, pues, sigue diciendo nuestro
autor:
«Eso mismo quisiera yo que hicieran las Academias de vuestros reinos; que
pues no consienten que el estudiante pase a otra facultad no estando en la lengua
latina perito, que tuvieran también examinadores para saber si el que quiere
estudiar dialéctica, filosofía, medicina, teología o leyes tiene el ingenio que cada
una de estas ciencias ha menester. Porque si no, fuera del daño que este tal hará
después en la República usando su arte mal sabida, es lástima ver a un hombre
trabajar y quebrarse la cabeza en cosa que es imposible salir con ella. Por no
hacer hoy día esta diligencia han destruido la cristiana religión los que no tenían
ingenio para teología; y echan a perder la salud de los hombres los que son
inhábiles para medicina: y la jurisprudencia no tiene la perfección que pudiera por
no saber a qué potencia racional pertenece el uso y buena interpretación de las
leyes. Todos los filósofos antiguos hallaron por experiencia que donde no hay
naturaleza que disponga al hombre a saber, por demás es trabajar en las reglas del
arte».
¿Quiénes son estos filósofos de los que se habla en este delicioso Examen
de ingenios? Platón, quien dijo así en su tratado sobre las leyes: «Nadie sea a la vez
fundidor y carpintero, porque dos oficios y profesiones no pueden desempeñarse
debidamente». Y Cicerón, que también dijo: «Quien viva, pues, según su talento
natural, que persevere allí, pues nada le está mejor, salvo que llegue a persuadirse
de haber errado en la elección» (De los oficios).
¡El que diga que los antiguos eran unos tontos, merecería que lo colgasen!
En efecto, nada descorazona tanto a un hombre que el que tenga que pasarse la
vida ejecutando tareas para las que no se siente hecho. ¡Casi todas nuestras
enfermedades mentales, malos humores y depresiones vienen de allí! Y si no me
cree usted, señor, pregúntele a la señorita que se agazapa al otro lado de la
ventanilla. Ella se lo podrá decir mejor que yo, por lo que puedo inferir al ver su
rostro.