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La más reciente difusión de los así llamados “Archivos de Epstein” ha generado enorme cobertura y revuelo. Eso era de suponerse
00:10 miércoles 4 febrero, 2026
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La dimensión de lo ahora entregado por el Departamento de Justicia es anodadante: más de tres millones de páginas, ciento ochenta mil imágenes y dos mil videos, publicados a destiempo (más de un mes de retraso) y con graves errores en cuanto a la protección de las identidades de numerosas víctimas, incluidas muchas que eran menores de edad.
Aunque ya conocida, es igualmente impactante la voracidad y la perversidad que muestran muchos de estos documentos de Epstein y también de muchos de sus asociados y cómplices.
Conforme los medios y los muchos interesados van revisando los documentos, aparecen nombres, asociaciones y vínculos de todo tipo. Y muchos de los que revisan lo hacen sin diferenciar entre aquellos datos que son contundentes, demoledores incluso, y aquellos que se prestan a especulaciones o los que de plano deberían ser tomados con mucha reserva.
No voy aquí a repetir algunas de las versiones más descabelladas, ni tampoco las que ya todos conocemos, porque quiero concentrarme en el fondo de este asunto tan lamentable, tan lleno de perversidades, de complicidades, de encubrimientos. Es una historia de cómo el poder y el dinero se vuelven herramientas de explotación; de cómo el patriarcado existe y opera; de la manera en que aún (o especialmente) en la más altas esferas de la sociedad, la economía y la política abundan los lobos con disfraz de oveja. Dicho sea lo anterior con el perdón de los lobos de verdad.
Pero hay otro aspecto muy importante que estamos obviando: ¿qué pasa cuando entre este berenjenal de documentos aparece alguna acusación o insinuación que no parece tener pies ni cabeza, o suena disparatada aún dentro de este horrendo contexto?
Porque no es lo mismo, queridos lectores, que se publiquen correos electrónicos del señor ABC al señor Epstein agradeciendo su hospitalidad y la compañía, a que aparezca un correo de terceros insinuando que fulano o zutano estuvieron en una fiesta con menores sin tener indicios mínimamente creíbles.
Tampoco es lo mismo aparecer en un registro de pasajeros de vuelos a la isla de Epstein que en una lista de invitados a una conferencia o un encuentro público en Nueva York o Los Ángeles, por solo dar dos ejemplos.
Ahora bien, las acusaciones contra Epstein comenzaron en 2006, y él se declaró culpable de procurar a menores de edad para actos de prostitución en 2009, así que quien haya tenido cualquier tipo de relación con Epstein después de esas fechas sabía perfectamente con quien se estaba metiendo. Aquí nadie se puede llamar a sorpresa, y veremos muchas reputaciones, y muchas cabezas, rodar. Tristemente muy pocas enfrentarán a la justicia, y solo se quedarán con el desprestigio.
Pero algo es algo.
Las agresivas tácticas antiinmigración parecen estarle pasando factura no solo a ICE, sino también a Donald Trump y, más ampliamente, a la imagen de EEUU.
La pregunta es obligada: ¿habría sido igual la reacción si los dos civiles asesinados por ICE en Minnesota no fueran blancos y de clase media?
POR GABRIEL GUERRA CASTELLANOS
@GABRIELGUERRAC