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Ni las medicinas se salvan del diagnóstico nacional
00:10 martes 2 junio, 2026
Colaboradores
México arrastra desde hace décadas una deuda incómoda, pesada, imposible de maquillar con discursos, cambios de administración o nuevos colores en el poder: la inseguridad. No importa quién gobierne, quién prometa la estrategia definitiva o quién anuncie cifras alentadoras; el miedo sigue encontrando maneras de colarse por las rendijas de la vida cotidiana.
La inseguridad no siempre llega envuelta en estridencia, veces aparece en el negocio que baja la cortina más temprano, en la familia que revisa compulsivamente si alguien ya llegó a casa, en la noticia que se consume porque otra persona amaneció sin vida y, para el día siguiente, será sustituida por otro titular igual de brutal. Quizá una de las heridas más profundas es que la normalizamos porque el país ha aprendido a convivir con el sobresalto como si fuera un servicio básico, con el delito como paisaje urbano y con la violencia como una conversación recurrente en la mesa, en las oficinas y en las redes sociales. No se trata únicamente de estadísticas, carpetas de investigación o balances sexenales. Se trata de una deuda persistente con millones de mexicanos que hace tiempo dejaron de pedir tranquilidad absoluta y se conformarían, al menos, con poder transitar, trabajar, emprender o regresar a casa sin sentir que todo depende de la suerte. San Luis Potosí no escapa a ese reflejo nacional. La realidad estatal ha exhibido, en distintos niveles, las múltiples caras de una inseguridad que golpea lo mismo a personas que a negocios, a comunidades enteras que a espacios donde, en teoría, debería prevalecer cierta sensación de resguardo.
La influencer encontrada sin vida en la Huasteca Potosina volvió a recordar la crudeza de un país donde las tragedias personales terminan convirtiéndose en expedientes públicos. Los robos a negocios que se han vuelto frecuentes en zonas como Polanco, Carranza o Nereo Rodríguez Barragán desmontan también la idea de las áreas “seguras”, esos puntos de la ciudad donde todavía se suponía posible bajar la guardia. Y como si la jornada delictiva necesitara un remate especialmente ácido, el asalto alcanzó incluso a una farmacia. Ya ni las medicinas se salvan del diagnóstico nacional.