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Cinco partidos de gloria. ¿Y si sí? Aún podemos ganar más
00:10 lunes 6 julio, 2026
Colaboradores
La ilusión se evaporó la noche de este domingo 5 de julio para la Selección Mexicana; sin embargo, lo que se queda en la memoria colectiva son las esperanzas de toda una afición que le dio vida, corazón y una chispa inigualable a la fiesta futbolera. Un fervor que, estamos seguros, no dejará de vibrar en lo que resta del Mundial.
Sí, en el plano estrictamente futbolístico, metieron más los ingleses, pero los jugadores aztecas, huelga decirlo, se mataron en la cancha. Hacía décadas que no veíamos una participación tan férrea, tan llena de hambre y de una lucha inquebrantable a lo largo de cinco partidos extenuantes. Más allá del resultado técnico que juzgarán los especialistas, la afición reconoce y celebra esa entrega absoluta, pues hay derrotas que se aplauden de pie cuando hay dignidad en el césped, y este cuadro demostró que se puede competir al tú por tú con las potencias del mundo. Ese es el México que nos infla el pecho, el que gana como anfitrión dejando al mundo con ganas de más, el que llena de mística escenarios tan emblemáticos como el Estadio Azteca, y el que rompe récords de visitantes extranjeros tejiendo lazos entrañables con aficiones como la coreana, la colombiana o la sueca. Sin embargo, porque la moneda siempre tiene dos caras, este torneo también desnudó los frentes donde como nación seguimos perdiendo por goleada. La algarabía de las celebraciones debe ser un espejo de lo que como sociedad aún nos debemos. Si bien la festividad era un bálsamo necesario para una sociedad tan rota y polarizada, lo cierto es que volvimos a normalizar comportamientos que develan nuestra peor cara: la violencia y esa felicidad exacerbada que se transforma en el impulso irracional de agredir al otro en medio del festejo.
Luego viene el punto de inflexión más crucial de nuestra sociedad; nos debemos tanto el ser empáticos con las causas que nos duelen como lo somos con el balón. El Mundial provocó una unión festiva que demostró de lo que somos capaces cuando empujamos hacia el mismo lado. ¿Por qué no extrapolar esa misma fuerza hacia quienes, gane o pierda México, sea campeón Argentina, Francia o España, siguen librando batallas en el más absoluto desamparo? Recordemoss aquellas escenas en Monterrey con la afición sueca abrazando a las madres buscadoras. Diez o quince segundos de una empatía internacional más pura y digna de la que ellas han recibido en años por parte de nuestras autoridades. Recordemos esa imagen que nos regala el Mundial a la par de esos enormes jugadores que se vaciaron en la cancha por un país entero. Decía el mítico y pambolero escritor uruguayo Eduarrdo Galeano que la utopía está en el horizonte; si uno camina dos pasos, ella se aleja dos pasos; y que la utopía, en ese sentido, servía para eso, para caminar. Imaginemos, por un momento, que no sea solo la afición en el estadio, sino todo el pueblo mexicano el que pueda compartir la gloria de mirar de frente aquello que nos aqueja. Si nuestro equipo demostró que se puede luchar hasta el último aliento contra los gigantes del mundo, si incluso en la derrota tiramos para adelante con tanto pundonor, nos toca a nosotros demostrar esa misma unión y esa misma garra para sanar las heridas de una nación entera. ¿Y si sí? ¡Venga! Que se sienta que estamos más vivos que nunca.