Vínculo copiado
Su voz no se pierde en la caótica vitalidad de la metrópoli; al contrario, se adentra en ella para encontrarse. Amanece con su tazón de café sonámbulo
00:10 domingo 30 noviembre, 2025
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¿Qué hay detrás de la ciudad y antes del cielo? El horizonte, un confín que separa lo cercano y lo distante, el presente y el porvenir, el peso de la realidad y la ingravidez de la imaginación. Imantado por la fuerza simbólica de esa frontera, Julio Trujillo (Ciudad de México, 1969 – Cornwall, 2025) escribió este poema largo que recorre la circunferencia exacta de un día: de la noche que borra los volcanes al alba que los insinúa y de regreso. Su voz no se pierde en la caótica vitalidad de la metrópoli; al contrario, se adentra en ella para encontrarse. Amanece con su tazón de café sonámbulo, registra cómo el sol empuja las horas, sigue a la muchedumbre que deambula como niño perdido, se deja secuestrar por la prisa que se incendia como un fósforo. Para Trujillo, la urbe no es un territorio impersonal sino un paisaje íntimo. Antes que abarcar su inmensidad histórica, lo que busca es habitarla a través de sus rituales cotidianos: “la urgencia pasa, su apremio mismo la desgasta y regresamos al hogar avergonzados. Las cosas nos esperan en su sitio”. Acompasando el asombro urbano y el aliento introspectivo, más que observar la ciudad el poeta la reescribe con su mirada. En cada tramo del día inventa un pliegue, imagina un argumento y lo desdobla. Detrás de los sonidos que interrumpen nuestro sueño escucha “el ruido blanco de pensarnos”; el aleteo de un colibrí lo lleva de regreso a la infancia; la estela de los aviones surcando el firmamento se convierte en la espiral que deja al pasar su enamorada. En ese ir y venir, el día del poema se quiebra en múltiples inflexiones que hacen evidente la intensidad –la tensión y el sentido– con la que Trujillo sabía encender el lenguaje. Cada tanto, el horizonte resurge como presencia tutelar para volver a organizar el mundo. No es tanto un símbolo ni un destino: es el lugar donde el poema se detiene a respirar y revela con más claridad su significado. Los volcanes aparecen y desaparecen: “triunfan sobre la homogeneidad”; “saben descollar sobre los ángulos cuadrados de la imaginación urbana”; coronan “el altiplano de las azoteas como una procesión de elefantes africanos”; le pegan “al avispero aletargado de nuestras costumbres”; emergen “de las nubes, bañados en la luz de su noticia, cubiertos por la nieve de su espléndida primicia”; “se erigen deshaciéndose y van de combustión en combustión investigando, van al encuentro, al umbral del acontecimiento”; “cada mañana están contando su parábola para escucharse con la vista y con la sangre, que tiene algo de lava, y de volcán nosotros: heridas que se abren, nacimientos, descargas separadas en el tiempo y este azar, esta perpetua contingencia como secreta coordenada que nos magnetiza”. Detrás de la ciudad y antes del cielo (Pre-textos, 2025) ratifica que a veces basta con una esmerada secuencia de atisbos para que el esplendor del mundo vuelva a comparecer ante nuestros ojos. Ahí estaba el genio de Trujillo: en la elegante mesura de su claridad. POR CARLOS BRAVO REGIDOR COLABORADOR @carlosbravoreg