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“Estampas egipcias” contrapone la fascinación orientalista a la denuncia de la barbarie europea
00:02 viernes 23 octubre, 2026
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En 1869, un escritor portugués de 23 años viaja a Egipto para asistir a la inauguración del canal de Suez. En 1882, escribe desde Inglaterra sobre la intervención militar británica en ese país. Primero le interesan los paisajes y las costumbres de los egipcios; después, los intereses financieros, las intrigas políticas y la arbitrariedad de las potencias europeas.
El joven José María Eça de Queirós (Póvoa de Varzim, 1845-1900) llega con la imaginación poblada de literatura. Busca el Oriente de Flaubert, de Nerval, de Las mil y una noches. Alejandría lo decepciona: de la espléndida ciudad antigua queda poco, y lo que encuentra le parece “confuso y pintoresco, extraño y miserable”. El Cairo, en cambio, colma su fascinación: bazares, mezquitas, callejones, turbantes y sedas se suceden en descripciones sensoriales minuciosas donde exhibe tanto su talento literario como los prejuicios y fantasías sobre Oriente que heredó de la cultura europea.
La inauguración del canal ofrece otro espectáculo. Era una proeza de ingeniería que prometía transformar el comercio mundial y cuya apertura se celebró con extraordinaria fastuosidad. Eça asiste a las ceremonias, se codea con monarcas y diplomáticos, participa en los agasajos organizados por el jedive Ismail Pachá para sus invitados europeos. Dedica varias páginas a la explotación y la miseria de los campesinos, pero eso no le impide disfrutar del champán que corre durante los festejos.
En los siguientes trece años, Eça se convierte en uno de los grandes novelistas portugueses. Publica El crimen del padre Amaro (1876) y El primo Basilio (1878), desarrolla una carrera diplomática y perfecciona su sátira de la sociedad portuguesa. Egipto, mientras tanto, acumula deudas, pierde autonomía frente a sus acreedores y queda bajo una creciente tutela financiera de Francia y Gran Bretaña. El descontento desemboca en una rebelión nacionalista y, finalmente, en la invasión británica de 1882.
Desde Bristol, donde ejerce como cónsul, Eça sigue la crisis y escribe sobre ella para un periódico brasileño —dando cuenta del bombardeo de Alejandría, la ciudad que en 1869 lo había decepcionado—. El exotismo, entonces, cede terreno a la geopolítica. Disecciona la complicidad entre los banqueros extranjeros y los sátrapas locales, explica cómo la deuda se convierte en subordinación política y denuncia la violencia que sostiene ese arreglo. Le enfurece que la prensa europea elogie al jedive Tewfik (hijo de Ismail) cuando manda arrestar a los oficiales que, encabezados por el patriota rebelde Arabi, exigen reformas: los diarios lo presentan como un hombre enérgico, lleno de resolución, capaz de mantener el orden. El despotismo oriental, tan censurado por la Europa ilustrada, se vuelve admirable cuando sirve a los intereses del imperialismo.
Al recordar las celebraciones de 1869, Eça reconoce que “yo también bebí de ese champán que en el fondo era el sudor espumoso y azucarado del campesino”. La prosa descriptiva y voluptuosa del viajero da paso a una escritura que vuelca toda su ironía contra la hipocresía de Occidente.
En Estampas egipcias (Impedimenta, 2012) conviven, así, el visitante encandilado y el polemista implacable. Entre uno y otro media un conflicto colonial que basta para que la fiesta de Suez se revele, en retrospectiva, como el brindis inaugural de un saqueo.
Al final, el Eça de madurez comprendió que pocas cosas le han servido tanto a la barbarie como la buena conciencia de quienes se consideran civilizados.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg