Vínculo copiado
La importancia del escritorio a lo largo del tiempo
00:01 miércoles 18 febrero, 2026
Colaboradores
Los escritorios han sido mucho más que simples muebles en el devenir histórico. Tradicionalmente han tenido un peso significativo, especialmente para escritores, académicos y quienes se dedicaban al estudio. Antaño, el escritorio era una pieza central en hogares y estudios, auténticas obras de arte que ocupaban un lugar destacado y considerable. No solo los literatos encontraban en él su espacio de creación, también lo hacían profesionales de todas las disciplinas: contadores, ingenieros y prácticamente cualquier carrera requería de un escritorio. Era en este mueble donde se planificaba, se ejecutaba, se soñaba y se materializaban ideas.
Con el paso del tiempo, el escritorio ha dejado de ser un elemento imprescindible para convertirse en un objeto meramente útil, de tamaño reducido y que ocupa poco espacio. Las fotografías de escritorios de artistas y estadistas nos ofrecen pistas sobre el carácter de genios y villanos. Es relevante recordar, por ejemplo, que Stefan Zweig poseía en su colección de objetos artísticos el escritorio de Beethoven, lo que le permitía evocar la esencia de un verdadero genio en sus momentos de trabajo.
El escritorio como símbolo de poder y estancamiento
En la actualidad, y especialmente en el contexto de la llamada cuarta transformación, el escritorio ha perdido su carácter noble para transformarse en un símbolo de poder decadente. Ahora representa un puesto que nadie quiere abandonar, donde lo importante ya no es el trabajo ni el genio, sino aferrarse al cargo para no perder el sueldo ni el pequeño espacio de influencia. Da lo mismo ser director del CIDE que creador de libros de texto: lo primordial es no soltar el escritorio. Se convierte así en la representación del puesto, del encargo y de la pequeñez personal.
Ejemplo paradigmático: el caso de Marx Arriaga y su escritorio
El caso de Marx Arriaga ilustra perfectamente esta situación. Tras ser destituido legalmente por sus superiores, se negó a abandonar su puesto afirmando “No me voy” y proclamando que estaba aferrado a principios, no al escritorio. Incluso anunció que pernoctaría en su oficina, convirtiéndose en una especie de parte del mobiliario, un activo fijo de la dependencia gubernamental. Aunque su cargo puede considerarse menor en la jerarquía, el daño potencial de su inmovilismo afecta directamente a la educación de los niños mexicanos. Puede aferrarse a sus principios donde desee, pero debería dejar el despacho y el escritorio limpio para su sucesor.
Encerrarse en la oficina, como hizo el señor Arriaga, no es una muestra de amor al trabajo, sino una señal de devoción a la nómina y dependencia del cargo. El gobierno actual da ejemplos evidentes, como los casos de Marx Arriaga y el exdirector del CIDE, de cómo se ha degradado el sentido de los cargos públicos, convirtiéndolos en simples “huesos” a los que aferrarse.
En definitiva, cada quien utiliza el escritorio a su manera: unos para trabajar y crecer, otros simplemente para asegurarse el sueldo.
POR JUAN IGNACIO ZAVALA
COLABORADOR
@JUANIZAVALA