Vínculo copiado
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00:10 viernes 17 julio, 2026
Colaboradores
El Mundial se hace viejo; a poco más de un mes nos acercamos a esa resaca que deja la algarabía y festividad previas para entrar al bajón emocional que suele dejar en la sociedad. No lo digo solo por México, tampoco lo reduzco al tema de la final. En primer lugar, los mexicanos ya nos la sabemos -dirán algunos-; la ilusión llegó a tope, tanto que tras ser eliminados por Inglaterra, depositamos la esperanza en el vendaval noruego, para después ponerla en manos de aquel verdugo que toma el té al caer la tarde en el Reino Unido. Pa'cabarla, pasa Argentina. Pero, pese a todo este trajín mundialista, lo que sí vi -y estoy seguro que ustedes también- fue una alegría y ganas de sentirse mexicano, incluso en quienes no son futboleros. Era contagioso, el ánimo y la pasión de los goles, las atajadas, las barridas, las ayudas, la quiniela, Mbappé, Haaland, el Bicho, Messi, Cabo Verde, la semi Inglaterra-Argentina, Francia cayendo, ver el fut en la oficina. Fue una alegría contagiosa, necesaria, pero al fin, como con un plumazo, todo empieza a girar en torno a lo que nunca estuvo cerca siquiera de la pausa de hidratación: la realidad. México vuelve a los temas que avanzan como una bomba de tiempo. El T-MEC, Estados Unidos y Trump -con todo lo que eso implica, incluso la cyclospora- ocupan la primera línea, pero también las elecciones, la regulación de la IA, otra vez el tren interoceánico, las desapariciones, la CNTE -que vuelve a aparecer ya apagada la fiebre mundialista en la Ciudad de México- y la narrativa. Esa narrativa que le encanta a los dirigentes mexicanos de -citando al gran Alberto Lati, que vaya cómo la rompió en La Delantera- futbolizar la política; es decir, si una falta comete mi compañero, reclamo enseguida la escasa claridad; pero si la falta es del equipo contrario, pido expulsión inmediata. Por el lado de la gente, ojalá algo haya dejado este mundial en el colectivo. Nos demostramos que podemos empujar hacia el mismo lado cuando una causa nos mueve, aunque es una lástima que nos debemos el preocuparnos más por las cosas que impactan realmente en nuestra vida. Imaginemos un momento llenar las avenidas y calles exigiendo cuentas claras por las extorsiones, por la seguridad en carreteras, porque en México están bajando la productividad y la cantidad de empleadores ante el IMSS, por el servicio de salud, la justicia para las madres buscadoras y la debilidad institucional. Y en el mundo, tampoco el partido dio margen para el tiempo extra. Estados Unidos reanudó el pulso geopolítico que nunca planeó pausar seriamente; Israel se aferra a Gaza y Líbano, mientras Cuba se hunde en una crisis humanitaria no vista. Pero mientras el mundo mira hacia otro lado, porque somos selectivos con los conflictos, Sudán se desangra. Hablamos de una crisis con cifras de muertos y desplazados que, por su magnitud, harían palidecer a cualquier otro conflicto mediático actual; una magnitud de horror que, de no ser por el silencio, debería ocupar el centro de la indignación global. Lo mismo ocurre con Haití, cuya crisis social alcanza una brutalidad que hace que otros conflictos parezcan juegos de niños; o por qué no mencionar el reclutamiento de niños panameños por pandillas reportado por la ONU. En fin. El Mundial nos dio esa alegría que México y el mundo necesitaban, es válido reconocerlo. Pero el riesgo real es que la resaca se convierta en una parálisis definitiva. Porque si algo nos duele más que las crisis que ignoramos, es nuestra propia apatía en la capacidad de elegir, desde la comodidad de nuestra pantalla, qué tragedia merece indignación y cuál podemos permitirnos ignorar. La Península Ibérica y Marruecos asoman en el 2030, una ventana de cuatro años antes de la siguiente fiesta pambolera; veremos qué tanto logramos sacar de provecho por nosotros o si, después de tanto mundial, seguimos reclamando la falta marcada, inmerecida y ridícula a la albiceleste.