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Orbán perdió porque el proyecto iliberal que abanderaba dejó de compensar sus costos: estancamiento económico, inflación
00:10 miércoles 15 abril, 2026
Colaboradores
Las elecciones del domingo en Hungría y Perú dibujan realidades muy distintas. En Hungría, las urnas tradujeron el descontento con Viktor Orbán, tras 16 años en el poder, en un voto mayoritario de castigo. En Perú, mostraron que una década de inestabilidad política ha pulverizado la capacidad de agregar demandas e intermediar intereses. Los resultados no podrían ser más contrastantes: uno marca la derrota de una coalición gobernante; otro, el desfondamiento de un sistema de partidos.
En Hungría hubo alternancia. A Orbán no lo derrotaron propiamente las oposiciones establecidas, sino Péter Magyar, quien encabezó una nueva fuerza de centro-derecha (Tisza) surgida de una escisión del partido de Orbán (Fidesz). El cambio fue posible, en otras palabras, por una ruptura interna de la coalición que había hecho de Hungría el ejemplo más acabado de retroceso democrático en Europa.
Orbán perdió porque el proyecto iliberal que abanderaba dejó de compensar sus costos: estancamiento económico, inflación, deterioro de los servicios públicos y corrupción. Magyar supo aglutinar el malestar acumulado contra Orbán prometiendo restablecer estándares democráticos, reformar el Estado, limpiar la vida pública y reencauzar la relación con Bruselas. Su victoria, bajo el eslogan “¡Ahora o nunca!”, reconfigura la política húngara y le asesta un duro golpe a la influencia de Putin dentro de la Unión Europea.
En Perú no hay un relevo claro, sino la confirmación de una orfandad. Con 35 candidaturas en la boleta, una segunda vuelta inevitable y un proceso enturbiado por fallas logísticas, la elección volvió a exhibir que la política peruana se ha vuelto incapaz de generar mayorías, dar certidumbre y ejercer autoridad. Lejos de despejar la crisis, la hizo más evidente.
Es lo que Alberto Vergara y Rodrigo Barrenechea han llamado un “vaciamiento democrático”: no la captura autoritaria del sistema por un poder demasiado fuerte, sino su avería por dispersión, amateurismo político y vínculos cada vez más débiles entre élites y sociedad. En Perú no sobran partidos; faltan partidos de verdad. Gane quien gane o pierda quien pierda, el desenlace difícilmente corregirá el problema de fondo: un régimen que sigue celebrando elecciones, pero que cada vez representa menos y gobierna peor.
Hungría y Perú anuncian, así, dos derivas muy distintas de la fatiga democrática. En el primer caso, el malestar produjo una voluntad de cambio que se concentró en torno a una alternativa capaz de desplazar a una desgastada coalición populista. En el segundo caso, la desconfianza, la frustración, la apatía y la resignación crecientes desembocaron en unos comicios demasiado fragmentados como para producir cualquier tipo de dirección. Los húngaros demostraron que su democracia todavía podía corregir el rumbo; los peruanos confirmaron hasta qué punto la suya ha perdido la capacidad de trazarlo.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@CARLOSBRAVOREG