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La supuesta purga en el oficialismo no ocurrió. Lo que hubo fue control de daños. Y funcionó
00:01 domingo 8 febrero, 2026
Colaboradores
El 2025 fue un año de escándalos: huachicol fiscal; contubernio entre autoridades y crimen; opulencia, viajes de lujo y patrimonios inexplicables; conflictos de interés y nepotismo; redes de corrupción y tráfico de influencias… Todos esos casos alimentaron la idea de una depuración inevitable en Morena. No ocurrió. La expectativa de esa “purga” circuló como si fuera un desenlace inminente. Pero había motivos para dudar de su viabilidad. Los expuse en estás páginas (https://shorturl.at/noFCG): la Presidenta no tenía suficiente poder; el impacto político al interior de su coalición podía ser demasiado alto; y carecía de una narrativa que le permitiera blindar a su predecesor del impacto. Lo que hubo fue algo más útil para el oficialismo y más corrosivo para el país: control de daños. De entrada, minimizar: “son casos aislados”, “es campaña de la oposición”, “estamos más fuertes que nunca”. Luego, confundir: convertir el tema en una disputa moral (“quieren recuperar sus privilegios”) o en una amenaza política (“la derecha busca volver”). Y, finalmente, diferir: “se está revisando”, “lo vamos a investigar”, “no hay intocables”. El tiempo, ese disolvente, siempre se encarga del resto. La estrategia, sin embargo, no operó en el vacío; funcionó porque el entorno fue propicio. Primero, por la irrelevancia de los partidos de oposición. Tienen poco poder, carecen de liderazgos creíbles y cuando denuncian algo lo hacen desde un profundo desprestigio que los vuelve fácilmente neutralizables. Su voz no tiene autoridad: apenas es ruido de fondo. Segundo, porque los organismos públicos destinados a la transparencia y el acceso a la información, a la rendición de cuentas y la aplicación de la ley, han sido desmantelados o capturados. No hay vías institucionales verdaderamente autónomas para procesar legalmente esos casos. Y tercero, porque el mecanismo de la opinión pública está averiado. La acumulación de escándalos, más que indignación, genera indiferencia. Lo que predomina no es el escrutinio ni la exigencia, es una mezcla de cinismo y resignación. La “purga” suponía romper encubrimientos y fincar responsabilidades. El control de daños, en cambio, ha servido para que prevalezca la protección política. Hubo raspones reputacionales y ajustes en la correlación de fuerzas dentro del oficialismo, pero la coalición se mantuvo suficientemente cohesionada y lo que impera —incluso con el aislamiento de Andy López Beltrán en Morena o con la salida de Adán Augusto López de la coordinación de Morena en el Senado— sigue siendo la impunidad. Si el control de daños y el contexto habilitante bastaron para sobrevivir a tantos escándalos, el aprendizaje para Morena es que cualquier transgresión es susceptible de ser gestionada sin tener que enfrentar a la justicia. Esto ya no es sólo una herencia de López Obrador, también es un saldo del primer año de Claudia Sheinbaum: en el régimen de la "transformación", la corrupción y el contubernio no son traiciones, son el pacto. POR CARLOS BRAVO REGIDOR COLABORADOR
@carlosbravoreg