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Uno nunca sabe por qué presiente estas cosas
00:10 domingo 31 mayo, 2026
Colaboradores
“Quizá dejé abierta una de las ventanillas”, dijo alarmado un amigo mío
mientras se acercaba a su coche; yo iba con él. Uno nunca sabe por qué
presiente estas cosas, pero la verdad es que las presiente. “Sí –repitió en voz
baja-, quizá olvidé cerrar la ventanilla trasera”. El corazón le latía de prisa, con
violencia, como un trote de caballos.
Pero no, el vidrio no estaba abierto: estaba roto. Lo supimos por el
crujido de los vidrios que pisábamos. Además, nada de lo que había en el auto
seguía allí: unos libros todavía sin abrir, un estéreo de la mejor marca, varios
estuches con discos, cinco o seis camisas que acababa él de pasar a recoger a la
lavandería y algunas cosas más. En los asientos sólo había vidrios y un
desarmador estropeado que, por supuesto, no era suyo.
Justo enfrente de donde había estacionado el coche un hombre picaba
fruta; corrimos hacia él.
-Me robaron –dijo mi amigo-. Acaban de robarme. ¿No vio usted quién
fue?
El hombre meneó la cabeza y hundió los ojos en la fruta que picaba.
Silencio absoluto, total.
-Señor –insistió mi amigo-, es que usted debió haber visto algo; no
pudo dejar de ver; tal vez hasta haya oído el ruido de los cristales al
romperse…
-No, yo no oí nada –dijo el hombre. Se notaba a las claras que no quería
seguir hablando. Bien, en este momento lo dejamos en paz. Adiós para
siempre, indiferente señor.
Nos acercamos entonces a una mujer que por la lentitud con que
escogía verduras y regateaba el precio debía tener bastante tiempo parada allí.
-Y usted, señora, ¿no vio nada? –dije yo.
-¿Nada de qué?
-No, no se preocupe, estoy loco –dije. Me quedaba bien claro que la
mujer no estaba dispuesta a hablar, aunque supiera bastante bien lo que le
estaba preguntando.
Al otro lado del puesto de frutas estaba una joven que vendía gelatinas
y flanes.
-¿Usted sabe quién fue, señorita? –pregunté señalando en dirección al
auto de mi amigo.
-No –dijo-. Yo no he visto nada.
Nada, nada, nada. Todos estaban ciegos y sordos. Antes de darnos por
vencidos, corrimos a buscar al tendero de la esquina con la esperanza de que
por lo menos él tuviera algo que decir.
-No –dijo-. No vi. Además, no pensará usted que yo me paso la vida
viendo lo que no me importa.
Me le quedé mirando; quería leer la verdad en sus ojos, pero él los
cerró, haciéndome creer que lo cegaba el sol. ¡Qué impotencia! De pronto nos
sentimos solos, o por lo menos así me sentí yo. Solo en medio de una
multitud de hombres y mujeres que preferían callar. Pero yo estaba seguro de
una cosa: que el vendedor de fruta vio, que la señorita de las gelatinas vio
también, que el tendero de la esquina… Pues bien, me dije, ahora soy yo,
ahora somos nosotros, pero mañana serán ellos, y entonces sabrán lo que se
siente… Ponemos en marcha el motor del auto y desaparecemos dejando una
estela de vidrios rotos.
Mientras escribo estas líneas me viene a la memoria la escena de una
novela de Jay McInerney (“Bright Lights, Big City”) en la que un hombre –el
protagonista de la historia- sube una mañana al metro de Nueva York y ve que
se le acerca un tipo que anda como perdido, que seguramente está drogado y
se cree en la luna; de pronto el tipo le palmea el hombre y le dice:
“-Mi cumpleaños es el trece de enero. Cumpliré veintinueve.
“-Magnífico” –responde el protagonista, retomando la lectura de su
diario.
“Cuando te palmea el hombro por segunda vez –se dice a sí mismo el
narrador- lo miras. Y cuando vuelves a levantar la mirada, el tipo está en la
mitad del vagón… Acto seguido, se sienta sobre la falda de una anciana. Ella
trata de librarse de él, pero la tiene atrapada.
“-Perdóneme, caballero, pero creo que está sentado arriba de mí -dice la
viejecita-. ¿Señor? Perdón, señor…
“Casi todo en el vagón contemplan la escena y simulan no hacerlo. El
tipo se cruza de brazos y acomoda sus asentaderas en la falda de la viejecita.
“-Señor, por favor, quiere levantarse de…
“No puedes creerlo. Hay por lo menos media docena de hombres
saludables en torno a la mujer. Tú mismo estuviste a punto de levantarte pero
creíste que reaccionaría alguno más cercano. La mujer está sollozando. Tienes
la secreta esperanza de que el tipo se levante y deje tranquila a la viejita.
“-Por favor, señor.
“Te levantas, por fin. En ese preciso instante, el tipo hace lo mismo.
Luego se sacude las arrugas del saco con la mano y se aleja por el pasillo del
vagón. Te sientes estúpido, de pie. La viejecita se está enjugando las lágrimas
con un pañuelo de papel. Te gustaría preguntarle si está bien, pero a esta altura
de los acontecimientos no serviría de mucho. Y te sientas”.
A veces -¡oh incurables románticos que somos!- creemos que la soledad
es quién sabe qué cosa profunda y misteriosa, cuando en realidad a veces es
sólo esto: que tu desgracia no le importe a nadie; que te puedan matar en
medio de la multitud y que nadie se mueva para impedirlo; que mientras te
mueres, todos estarán viendo lo que sucede, pero cada uno en su mutismo y
prosiguiendo su camino para no enredarse en dificultades que no son suyas.
Tal vez vivamos en la civilización de la indiferencia, es decir, de la
soledad. Tal vez, en el fondo, estemos más solos de lo que pensamos…