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Tom y Jerry también pelean por el poder: lo que una mala película revela de EE.UU. y China
00:00 miércoles 21 enero, 2026
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No todas las películas fracasan por malas decisiones creativas. Algunas tropiezan porque cargan encima demasiadas expectativas, intereses y silencios. "Tom y Jerry: La Brújula Mágica" es una de ellas. A primera vista, parece un experimento fallido de animación infantil; en el fondo, funciona como una radiografía incómoda —y bastante reveladora— de la relación actual entre Estados Unidos y China. La cinta nació como coproducción, una palabra que hoy suena más a estrategia que a colaboración genuina. Hollywood necesita a China: su taquilla, su mercado, su músculo industrial. China, por su parte, quiere algo más que ingresos: busca legitimidad cultural, transferencia de conocimiento y control narrativo. El problema es que cuando todos quieren ganar lo mismo, alguien termina perdiendo identidad. En este caso, la película. Las críticas negativas no sorprendieron tanto por su dureza, sino por su coincidencia. Público y especialistas señalaron lo mismo: una historia desdibujada, personajes sin alma y una sensación constante de que la película no sabía para quién estaba hecha. Y ahí está la clave. El producto quiso agradar a todos y terminó conectando con pocos. Como suele pasar en la geopolítica. En términos industriales, el caso es ilustrativo. China ha demostrado que ya no necesita de Hollywood para dominar su propio mercado: sus producciones animadas locales llenan salas, generan conversación y construyen orgullo cultural. Hollywood, en cambio, parece atrapado entre el miedo a perder acceso y la incapacidad de adaptarse sin diluirse. La Brújula Mágica no es un accidente; es un síntoma. Lo que poco se dice oficialmente, es que estas coproducciones funcionan también como filtros. No solo se negocian presupuestos y talentos, sino valores, símbolos y límites. ¿Qué historias se pueden contar? ¿Qué conflictos se suavizan? ¿Qué rasgos culturales se vuelven genéricos para no incomodar? En ese proceso, el riesgo creativo se vuelve el primer sacrificio. Políticamente, la película llega en un momento de desconfianza estructural. Aranceles, restricciones tecnológicas, controles a la inversión y una competencia abierta por el liderazgo global. En ese contexto, el cine —como la educación o la tecnología— deja de ser solo industria cultural y se convierte en herramienta de poder blando. Y cuando el poder entra a escena, la espontaneidad suele salir por la puerta de atrás. El terreno educativo tampoco es ajeno a esta tensión. China forma ingenieros, animadores y desarrolladores a gran escala; Estados Unidos sigue atrayendo talento global, pero con crecientes barreras. Ambos saben que quien controle la creatividad y la tecnología controlará también los relatos del futuro. La animación, aunque parezca ligera, juega en esa liga. ¿Quién gana entonces? China consolida su autosuficiencia cultural y reduce su dependencia simbólica de Occidente. Estados Unidos mantiene presencia, pero cede terreno creativo. ¿Quién pierde? El público, cuando recibe productos calculados en lugar de historias honestas. Y también la industria, cuando confunde estrategia con visión. Al final, "Tom y Jerry: La Brújula Mágica" nos deja una lección incómoda: la cooperación entre potencias no fracasa por falta de recursos, sino por exceso de control. Tal vez el verdadero error no fue hacer una mala película, sino creer que la creatividad puede funcionar como tratado comercial. Y eso, tanto en el cine como en la política global, suele salir caro.