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El dato que mejor cuenta esa historia quizá no sea quién ganó cada elección, sino qué tan difícil era ganar
00:01 viernes 25 septiembre, 2026
Colaboradores
Durante mucho tiempo, la democracia mexicana tuvo una obsesión: conseguir que el poder pudiera cambiar de manos. Después de décadas de predominio priista, el gran triunfo fue abrir la puerta para que hubiera competencia, alternancia y un Congreso donde nadie pudiera dar por sentado que tenía la última palabra. Tres décadas después, el problema es otro. Ya no se trata solamente de saber si México puede cambiar de partido en el gobierno, sino de preguntarnos qué sucede cuando nuevamente una fuerza política consigue concentrar buena parte del poder electoral.
El recién publicado estudio de INTEGRALIA Consultores y la Universidad de la Libertad "Historia visual de la transición mexicana a la democracia, 1991-2024", permite observar esa transformación con una claridad incómoda. En 1991, el PRI obtuvo 58.5% de los votos para diputados federales, mientras el PAN consiguió 16.8%; el partido entonces dominante ganó 254 de los 300 distritos por más de 20 puntos. Era una competencia donde demasiadas veces el resultado parecía escrito antes de abrir las urnas. Lo extraordinario es que aquella fotografía cambió radicalmente: las reformas electorales, el crecimiento de nuevas fuerzas y el fortalecimiento de la oposición fueron convirtiendo las elecciones en verdaderas disputas por el poder.
El dato que mejor cuenta esa historia quizá no sea quién ganó cada elección, sino qué tan difícil era ganar. En 1991, el margen promedio de victoria en los distritos fue de 39.8 puntos; para 1997 había caído a 15.5 y en 2012 llegó a apenas 11.6. En ese mismo 2012 hubo 89 distritos definidos por menos de cinco puntos, frente a sólo cuatro en 1991. Durante 21 años, además, ningún partido consiguió por sí solo la mayoría absoluta de la Cámara de Diputados. Gobernar significaba negociar. Y eso, aunque a veces resultara incómodo, también obligaba a escuchar.
Pero la historia volvió a moverse. A partir de 2015 comenzó una nueva concentración electoral. El margen promedio de victoria pasó de 11.6 puntos en 2012 a 13.9 en 2015, 18.6 en 2018 y 26.4 en 2024. Los distritos resueltos por menos de cinco puntos bajaron de 89 a 27. Paralelamente, el voto se concentró nuevamente en menos fuerzas políticas y Morena pasó de obtener 8.4% en 2015 a 40.8% en 2024 en la elección de diputados federales de mayoría relativa. No es un detalle estadístico: significa que la cancha electoral que México tardó décadas en hacer más competida volvió a presentar diferencias mucho más amplias.
Y aquí conviene hacer una pausa antes de caer en la tentación de comparar automáticamente el presente con el viejo PRI. No son el mismo momento histórico, ni las mismas instituciones, ni las mismas reglas, ni la misma sociedad. El propio valor del estudio presentado está precisamente en mostrar procesos, no en entregar etiquetas. Lo que sí puede discutirse es otra cosa: ¿Qué ocurre con una democracia cuando la competencia pierde intensidad? Porque una mayoría electoral es perfectamente compatible con la democracia. El problema político aparece cuando los contrapesos, la oposición y la capacidad ciudadana de modificar el rumbo dejan de funcionar con la misma fuerza.
También hay una transformación social detrás de los números. La ciudadanía mexicana no es la misma de 1991. Cambiaron generaciones, ciudades, niveles de información, medios de comunicación, redes sociales, expectativas y formas de relacionarse con los partidos. La política dejó de depender exclusivamente de las estructuras territoriales tradicionales y se convirtió también en una disputa permanente por la conversación pública. Hoy el ciudadano no sólo recibe propaganda cada tres años: observa, compara, reclama, viraliza, castiga y cambia de opinión prácticamente todos los días.
El problema es que el pluralismo electoral nunca fue solamente tener muchos partidos registrados. Entre 1991 y 2024 compitieron 26 partidos federales, pero 13 participaron en dos elecciones o menos y para 2024 sólo seis conservaban el registro. La verdadera pluralidad se mide por la capacidad de las distintas fuerzas para competir, representar sectores sociales y disputar efectivamente el poder. Tener una boleta llena de logotipos no necesariamente significa tener una sociedad políticamente plural.
Por eso el informe de INTEGRALIA Consultores y la Universidad de la Libertad deja una pregunta que debería preocupar mucho más que cualquier discurso partidista: ¿Qué aprendió México de tres décadas de transición? Se aprendió que las reglas electorales importan, que la competencia puede construirse, que el poder puede alternarse y que una sociedad puede modificar el mapa político. Pero también habría que aprender la segunda parte de la lección: ninguna democracia tiene garantizada para siempre la competencia que alguna vez conquistó. El ciudadano sigue teniendo la última palabra, sí; pero para que esa palabra tenga verdadero peso necesita opciones capaces de competir, instituciones capaces de equilibrar y una sociedad dispuesta a no entregar su participación política únicamente el día de la elección. Porque quizá el verdadero riesgo para una democracia no sea que exista un partido demasiado fuerte, sino que los demás dejen de ser capaces de disputarle el poder y la ciudadanía termine acostumbrándose a que la historia ya está escrita.