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Cuba sigue ocupando un lugar cuyo valor simbólico es inversamente proporcional a su fracaso histórico
00:10 miércoles 14 enero, 2026
Colaboradores
Hay decisiones políticas que no se anuncian en planes ni conferencias de prensa. Ocurren en la penumbra, ocultas en la discrecionalidad, hasta que investigaciones periodísticas las revelan como lo que son: impresentables. Los crecientes envíos de petróleo mexicano a Cuba pertenecen a esa categoría. No son una noticia menor, son un escándalo: onerosos, injustificados, opacos y arriesgados.
La Presidenta dice que todo es “legal”, parte de “contratos comerciales” y “ayuda humanitaria”. Puede ser, en papel. El problema es que Cuba no tiene capacidad comprobable para pagar a precios de mercado ni acceso normal a financiamiento, y que esos envíos le sirven más al régimen que a la población: son oxígeno para el aparato represivo y para la economía de la escasez administrada desde el Palacio de la Revolución. Aquí no hay nada comercial ni humanitario, de lo que se trata es de un subsidio autocrático.
Durante muchos años, La Habana dependió del auxilio energético de Caracas. Pero ese arreglo colapsó en 2024, según reporta The Financial Times, cuando las exportaciones de crudo venezolano a la isla cayeron 63 por ciento. Un año después, en 2025, las de crudo mexicano crecieron 56 por ciento. Así, durante este sexenio, México pasó a ser —a la callada— el principal proveedor de petróleo a Cuba. ¿En nombre de qué interés nacional? ¿O a cambio de qué?
Para la izquierda en el poder, Cuba sigue ocupando un lugar cuyo valor simbólico es inversamente proporcional a su fracaso histórico. Sucede, sin embargo, que la devoción ideológica no es un sustituto de la racionalidad estratégica. Colaborar así con el camarada Díaz-Canel no suena lógico, pero sí suena metálico: quizá la motivación no sea tanto el anacronismo del fervor nostálgico, sino el potencial del negocio revolucionario. “Solidaridad entre pueblos hermanos”, pues, ya nos entendemos…
Todo esto ocurre, además, en un contexto hemisférico muy distinto al que originó la “relación especial” con Cuba. Ya no estamos en la era del viejo PRI, hace mucho que el de la isla dejó de ser —suponiendo que alguna vez lo haya sido— un proyecto de resistencia viable contra el imperialismo estadounidense. Esto no es la Guerra Fría. Los márgenes de autonomía y la ambigüedad que Estados Unidos admitió, en aras de la estabilidad en su relación con México, han dejado de existir. No hablemos ya de la necesidad del aggiornamento programático de la 4T: lo más urgente es su aggiornamento geopolítico.
En el marco de la segunda administración Trump y sus impactos globales, ahora tan visibles en Venezuela, este tipo de apuesta genera una vulnerabilidad innecesaria. México no puede aventurarse a sumar uno más en la tupida constelación de riesgos asimétricos –en materia comercial, migratoria y de seguridad– que enfrenta con Estados Unidos. El costo, dolorosamente tangible, puede resultar inmenso. El apoyo petrolero de México a Cuba no es afirmación de soberanía: es una grave irresponsabilidad que deja entrever menos cabeza fría que cabeza hueca.
POR CARLOS BRAVO REGIDOR
COLABORADOR
@carlosbravoreg