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La verdad como botín político es la piedra de la locura que toda testa gubernamental -en cordura- debe suprimir
00:10 miércoles 5 agosto, 2026
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Isaac Bashevis Singer (Premio Nobel de Literatura en 1978) fue una de las plumas más versátiles del siglo pasado. Dentro de sus múltiples obras, sus cuentos -sobre todo los infantiles- han sabido capturar atemporalmente los vericuetos del alma humana, sus entredichos y encrucijadas.
Sus cuentos -como fábulas modernas- enseñan profundas lecciones. Usando un amplio repertorio retórico condensado en leyendas, anécdotas o historias imaginadas, nos colorea la infinidad de facetas que adornan la compleja personalidad humana. De este gran repertorio, una de sus narraciones más célebres es: El alrevesado emperador de China (The Topsy-Turvy Emperor of China).
Cho Cho Shang, el emperador ficticio de Singer en este cuento, comienza su gobierno con el siguiente decreto: “[...] Atención: que se entienda que, a partir de hoy, todo lo que se llama justo y bello se declarará injusto y feo; y todo lo que se considera mísero y horrible se declarará justo y hermoso [...]”. Sin profundizar en el desenlace de esta narración, Singer nos exhibe la tentación y ambición más frecuente del poderoso: la manipulación de la verdad.
La verdad como monopolio estatal y no como reducto de la libertad es la sinfónica ambición de quien ejerce el poder y desprecia la crítica, la disidencia y la pluralidad. Pero si la verdad es incómoda, si la verdad es frugal, Singer nos mostró la tentación y ambición final del gobernante: “controlar la verdad”. La verdad no como un producto social, sino como una maquinación gubernamental: La verdad que sea “lo que ellos dicen que es”. La ontología de la veracidad como un ministerio gubernamental, como cartilla de moralidad o como la única realidad nacional.
Este cuento de Singer es una colorida alegoría de lo que Michel Foucault (El Orden del Discurso) conceptualizó como la “voluntad de verdad”: un sistema de exclusión que no se sostiene por sí solo, sino que requiere del apoyo y la fuerza de las instituciones. Para garantizar que esta verdad oficial no sea desafiada, el poder despliega lo que Foucault denominó una “policía discursiva”. Esta policía no opera únicamente con armas, sino a través de un conjunto de coacciones y restricciones invisibles que seleccionan rigurosamente a los sujetos que tienen derecho a hablar, imponen reglas y determinan las condiciones bajo las cuales un discurso puede circular.
Lo observamos en los extremos más exacerbados de nuestra aldea global: regímenes que, sin empacho, afirman ganar competencias deportivas mundiales o inventar tecnología fundamental de la modernidad. Se presentan como “verdades”, y el que no esté “en la verdad” será buscado, censurado y castigado. O lo presenciamos en nuestro propio Estado, donde las palabras se cambian, se ajustan, se “oficializan”: no es descarrilamiento, es desplazamiento, no es demolición del Estado de Derecho, es “democratización” de la judicatura.
La verdad como monopolio estatal es un usufructo partidista, una guirnalda para gobernar. A través de este control narrativo, el poder produce su propia verdad; ya no invita a la sociedad a comprender o a debatir los hechos, sino que exige una obediencia absoluta a su relato oficial, convirtiendo el significado de las palabras en una herramienta directa de dominación.
La verdad como botín político es la piedra de la locura que toda testa gubernamental -en cordura- debe suprimir. Porque si hay algo que debería correr libre, incomodar, criticar, ironizar y salir de los fuetes gubernamentales es la libertad de expresión, la crítica, la opinión y la verdad.
Vemos, con críticas más agudas y precisas, cómo con el disfraz del “derecho” introducen la maquinaria de la represión al pensar y expresar. Entre la nobleza de un derecho puede aparecer el aguijón envenenado de la censura y la persecución. No habrá un “defensor de las audiencias”, sino el parapeto para implementar una “policía discursiva”: No para mejorar la información, sino para intimidar, desgastar y generar autocensura entre quienes cuestionan al oficialismo gubernamental.
Todo esto para que nadie acuse al gobierno de mentir o falsear. Para que la tónica contextualizada o histórica de la verdad sea la apuntalada desde Palacio Nacional. Porque para el poder, como nos diría Antonio Machado, “[...] también la verdad se inventa”.
POR JUAN LUIS GONZÁLEZ ALCÁNTARA CARRANCÁ
Ministro en retiro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación