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Consumo de bebidas refleja patrones persistentes de alimentación
00:10 lunes 4 mayo, 2026
Colaboradores
Hay indicadores económicos que dicen mucho más de la sociedad que de las empresas, y el crecimiento sostenido de la industria refresquera es uno de ellos. Mientras los reportes financieros muestran estabilidad y expansión, lo que realmente queda al descubierto es la forma en la que consumimos. En México, donde el promedio supera los 160 litros por persona al año —y casos extremos que rebasan los 800 como en Chiapas—, el dato no habla solo de mercado, habla de hábitos profundamente arraigados. El fenómeno es complejo. En un entorno donde el ingreso es limitado y el día a día exige decisiones constantes de gasto, las familias priorizan productos accesibles, disponibles y culturalmente integrados. El refresco dejó de ser ocasional hace tiempo; hoy forma parte de la rutina alimentaria en muchos hogares. Y eso explica por qué, incluso en contextos económicos adversos, su consumo se mantiene con una estabilidad que pocas categorías pueden presumir. Sin embargo, lo que pocas veces se reconoce es que estos hábitos no se construyen en el vacío. Factores como el acceso irregular al agua potable, la disponibilidad inmediata en cualquier punto de venta y patrones de consumo heredados han configurado una dinámica difícil de modificar. En algunas regiones, elegir entre agua o refresco no es solo una decisión de preferencia, sino de practicidad, costo o costumbre. Esto abre una reflexión más amplia: ¿Qué tanto hemos normalizado ciertos patrones de consumo sin cuestionarlos? Más allá de cifras o marcas, el verdadero reto está en cómo se transforma la cultura alimentaria sin imponer, pero sí informando y facilitando mejores decisiones. Porque al final, los mercados responden a lo que la sociedad demanda. Y cambiar esa demanda implica algo más profundo que ajustar precios o campañas; implica replantear hábitos que llevan décadas construyéndose. ¡Excelente semana!