Vínculo copiado
#ESNOTICIA
#ESNOTICIA
Eran trabajadores indocumentados en las Torres Gemelas de Nueva York, empleados en cocinas de restaurantes, dependientes en cafeterías o encargados
00:01 sábado 12 septiembre, 2026
Colaboradores
El 11 de septiembre de 2001 marca uno de los mayores atentados terroristas en la historia del mundo y, ciertamente, en la de Estados Unidos. Marca también la muerte de 16 mexicanos, quizá más, sin mayor reacción de México.
Eran trabajadores indocumentados en las Torres Gemelas de Nueva York, empleados en cocinas de restaurantes, dependientes en cafeterías o encargados de llevar bebidas y bocadillos a los diferentes pisos en los edificios del Centro Mundial de Comercio.
Fueron parte de los 2,996 muertos oficialmente registrados ese día, cuando tres de cuatro aviones de pasajeros secuestrados por 19 extremistas musulmanes de origen saudí-árabe fueron lanzados, dos contra las torres simbólicas de Nueva York y uno contra el edificio del Pentágono en Washington. El restante cayó en Pensilvania. Hubo algunos mexicanos muertos más. Nadie sabe exactamente cuántos, aunque con el tiempo varios han sido identificados.
Pero su destino, al menos en México, ha sido el del olvido oficial. Ni el gobierno de Vicente Fox, o de Felipe Calderón, ni Ernesto Peña Nieto o Andrés Manuel López Obrador en su tiempo, ni Claudia Sheinbaum ahora han ido más allá que reconocer su desaparición. Después de todo, eran migrantes indocumentados y eligieron irse, podría decir alguno; o simplemente fueron bajas colaterales en un conflicto mayor, podría alegar otro.
Pero no se puede olvidar que fueron víctimas del terrorismo y que, se sepa, ninguna bandera mexicana ha estado jamas a media asta para marcar su muerte, a pesar de ser parte de ese grupo que por años ha colaborado con sus remesas a mantener el país económicamente a flote. Cierto, murieron en Estados Unidos, el país que tiene una presencia tan fuerte en el imaginario mexicano, frecuentemente como responsable de nuestros males o como la meta para nuestros indocumentados y nuestras aspiraciones.
Para los consejeros del entonces presidente Fox, incluso Alfonso Durazo y Santiago Creel, o legisladores como la entonces senadora Beatriz Paredes o el aún diputado Felipe Calderón, resultaba difícil proclamar solidaridad con Estados Unidos aun en esos momentos. Ese debate consumió al aparato político mexicano y, en opinión del entonces embajador estadounidense, Jeffrey Davidow, fue una oportunidad perdida.
Tal vez. El hecho es que hubo 16 mexicanos o más asesinados y el país no hizo mucho por ellos. Fue de hecho indiferente a su suerte y la de sus familiares. Quizá este once de septiembre, este 25 aniversario sea distinto. Después de todo, el gobierno da categoría de héroes a los migrantes y reconoce casi como logro propio la fortaleza de su contribución económica al país.
La conmemoración de los atentados del once de septiembre de 2001 ocurre en momentos en que se desarrolla un reexamen de la relación bilateral, especialmente en lo económico y político, pero ofrece la oportunidad de hacer una pausa y pensar hacia dónde va o se quiere que vaya. Y lo que no puede, ni debe olvidarse, es que hay lazos de sangre, en más de una forma y en más de un nivel, aunque a veces, como en el caso de los muertos mexicanos del 11/9, nos cueste reconocerlos.
POR JOSÉ CARREÑO FIGUERAS
COLABORADOR
@CARRENOJOSE1