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Lo que las voces que claman por la intervención “del Estado” suelen olvidar es que en México, gracias al licenciado López, no hay Estado
00:10 sábado 29 agosto, 2026
Colaboradores
Era anunció que está en crisis terminal. La naturaleza del mercado de hoy, dijo la editorial en un comunicado, le hace imposible vivir de la venta de libros, una realidad que —como para tantas empresas— terminó de pintarse de negro con la pandemia, cuando AMLO se negó a darle algún tipo de ayuda fiscal al sector privado.
Comprensiblemente, las voces de lamento se multiplicaron y nos recordaron lo que ha sido el catálogo de Era, donde publicaron, entre muchos otros, a José Emilio Pacheco, al Carlos Fuentes de Aura, a la Poniatowska de La noche de Tlatelolco, a Sergio Pitol, a José Revueltas, a Octavio Paz y a un par de novelistas de la Revolución, como Rafael F. Muñoz y Nellie Campobello.
Una calamidad cultural, dijeron muchos, que debería evitar el Estado. Bueno, pues sí, intervino “el Estado”. La crisis de Era llegó a oídos de la presidenta, que puso a su equipo a trabajar. ¿Qué tipo de “ayuda” ofreció la 4T? Un tianguis. Que Era venda sus títulos en Los Pinos, sin pagar por el espacio. Ante una tragedia para la cultura mexicana, unos puestos de libros.
No hay motivos para la sorpresa. La Cuarta Transformación, por algún motivo, parece tener una marcada vocación tianguista, expresión mercantil del humanismo mexicano —creación, a fin de cuentas, de un aficionado a la comida callejera—.
Recuerden el caso del AIFA, donde, a poco de inaugurado, aparecieron puestos de tlayudas, perdón: doraditas, y un mercadillo de ropa a bajo costo, con jeans a 30 pesos. En el aeropuerto insignia del obradorismo, sí. Claro que no hay que viajar al Edomex para constatar que, si hablamos de la nueva izquierda mexa, es obligado decir que lo suyo, lo suyo, son los puestos en la calle.
Otro centro de venta de ropa de paca apareció, recordemos, en Bellas Artes (no, no dentro del Palacio, no sean amarillistas; estaba en la explanada). Sin mencionar que a Reforma llegaron de nuevo que los productos oaxaqueños, que los tamalitos, que el rico dulce regional, con sus techos de plástico y sus ratas. O, pa’pronto, que la ciudad entera, desde 2024, ha visto un nuevo auge del changarro que de suadero, que de taco de guisado, que de hamburguesas con piña. Aquí, a la vuelta de las oficinas de El Heraldo, en pleno Insurgentes Sur, había un puesto de dulces y cigarros. Hoy lo acompañan otros cuatro, cortesía de la versión utópica de la Transformación, con sus cubetas de agua con detergente para limpiar los platos de plástico y los comales en la vía pública.
Lo que las voces que claman por la intervención “del Estado” suelen olvidar es que en México, gracias al licenciado López, no hay Estado: hay puro gobierno. Pero también hay un consuelo.
Hace tiempo que el catálogo de Era empezó a mudarse, en proporción importante, a los grupos editoriales del sector privado. Los que no quebraron con la pandemia.
POR JULIO PATÁN
COLABORADOR
@JULIOPATAN09