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De la ajolotización se puede aprender que el espacio público corre el riesgo de convertirse en escenografía y esa no es su función
00:10 jueves 4 junio, 2026
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Los ajolotes no me disgustan. No en físico –Julio, el de mi amiga Ana Elena, era simpático–, no en representación –que si Cortázar y Rivera, que si Santiago Arau y Pokemón– y no en la identidad gráfica desplegada en el espacio público por el Gobierno de la Ciudad de México: su lenguaje visual a caballo entre el kawaii japonés y la gráfica popular mexicana abreva más de la ilustración que del diseño pero no es desafortunado. Los ajolotes de Brugada son mexicanos –lo que importa de cara a una oportunidad de construcción de marca país como el Mundial– y son entrañables. No serán el Cobi barcelonés pero todo bien ahí.
La ahora de salida pintura urbana morada no era mi favorita –aplaudí el guiño feminista; deploré la estridencia– y la base guinda Morena en que aun se asienta me remite a la sistemática capitalización política del espacio público en que incurren siempre los partidos –así el PAN con el azul o MC con el naranja; la excepción será ese PRI que no lo necesitó: había instrumentalizado ya la bandera– pero concedo que siempre será mejor pintar que no pintar el mobiliario urbano, y que el acto tiene dimensión propagandística pero también de seguridad (la pintura protege de los elementos). También es cierto que, cuando hasta Mamdani se pone a lucrar políticamente con el juego de los Knicks y la hora a la que se van a la cama los niños neoyorquinos, habrá que concluir que los políticos no tienen remedio.
Lo de los arbotantes –que no candelabros: van a pared, no a mesa– es cosa más seria. Primero, porque ningún beneficio urbano suponen: Metro Hidalgo sigue tan bien o tan mal iluminado. Pero, más importante, porque en su kitsch europeizante y decimonónico –el guiño fallido a los Palacios del Pueblo estalinistas del metro moscovita es evidente–, transmiten una idea perniciosa: la elegancia como cosa ornamental, nostálgica y extranjera.
En su bitácora en Instagram (@maht_editor), un Marco Hernández socarrón afirma que “si la remodelación de metro Hidalgo simbolizara el proyecto de ciudad de la 4T sería de una honestidad involuntaria y apabullante: ‘aquí no hay una apuesta, hay chamba inspirada en la autoconstrucción’. Al parecer, nuestras autoridades hacen lo mismo que los miles de personas que van todos los días a la calle de López a buscar una lamparita con el sueño de darle un toque personal a sus casas del Infonavit. La apuesta es por la improvisación y la manita de gato”. Tiene razón y buena mala leche pero se pasa de generoso: la acción es síntoma de un proyecto político que entiende la administración pública como pura escenografía –versallesca o indigenista–, que no comprende que, en la Ciudad, la belleza reside en lo que soluciona, en lo que orienta, en lo que resuelve.
Perdón: no me da risa.
Por Nicolás Alvarado