Vínculo copiado
Congreso potosino no necesita otro jefe de tribu
00:10 martes 15 septiembre, 2026
Colaboradores
Hay cargos que se ganan con una elección y otros que, una vez asumidos, obligan a dejar la camiseta partidista en la puerta. Presidir la Mesa Directiva del Congreso de San Luis Potosí pertenece a la segunda categoría. Quien ocupa esa posición no recibe un micrófono más grande para hacer grilla: recibe una responsabilidad mayor para conducir sesiones, representar institucionalmente al Poder Legislativo, garantizar el orden parlamentario y, sobre todo, actuar como árbitro frente a todas las fuerzas políticas. Por eso resulta revelador que, apenas iniciado el periodo, algunos de sus propios compañeros ya cuestionen que el nuevo presidente esté politizando el cargo. Más allá de quién tenga la razón en la disputa, el episodio plantea una pregunta bastante seria: ¿entendió el diputado que cambió de posición o solamente cambió de silla?
Aquí está lo que muchas veces no se dice. En política, la Mesa Directiva no debería utilizarse como extensión de una bancada, plataforma personal ni premio de consolación para quien no consiguió determinada posición dentro de las negociaciones partidistas. La Jucopo tiene precisamente la naturaleza política de construir acuerdos entre coordinadores; la Mesa tiene otra responsabilidad: conducir institucionalmente al Pleno. Confundir ambas funciones puede parecer un detalle de protocolo, pero no lo es. Cuando el árbitro entra a la cancha a jugar para uno de los equipos, la discusión deja de ser solamente política y comienza a convertirse en un problema de gobernanza parlamentaria. Y eso sí le importa al ciudadano, aunque jamás pise el Congreso.
La crítica, además, debe ir más allá de la anécdota y del famoso “sacó el cobre”. Si el señalamiento de sus compañeros es que el presidente pretende convertir cada diferencia política en confrontación, habrá que observar sus decisiones, no sus discursos. ¿Permite que las minorías tengan voz? ¿Conduce las sesiones con la misma vara para todos? ¿Respeta los acuerdos parlamentarios aunque no coincidan con su posición personal? ¿Utiliza la representación institucional para construir puentes con Ejecutivo, Judicial y municipios o para profundizar trincheras? Y hay un antecedente que vuelve más delicado el asunto: su participación previa en controversias relacionadas con un tema tan sensible como el agua. Cuando un legislador ya carga con la percepción pública de haber politizado asuntos sociales, asumir ahora una responsabilidad que exige neutralidad demanda exactamente lo contrario: más institucionalidad, menos protagonismo.
Para San Luis Potosí esto no es una pelea menor entre diputados. El Congreso aprueba leyes, fiscaliza recursos públicos, modifica reglas que afectan empresas y ciudadanos, discute presupuesto y define buena parte del marco institucional en el que se mueve el estado. Un Poder Legislativo atrapado en la grilla permanente pierde tiempo, credibilidad y capacidad para resolver problemas reales: seguridad, agua, movilidad, educación, salud, infraestructura, inversión y desarrollo municipal. ¿Quién gana cuando el Congreso se convierte en una arena de pleitos internos? Casi nunca el ciudadano. Ganan, en todo caso, quienes descubren que mientras todos discuten quién tiene el control, nadie pregunta con suficiente fuerza quién está resolviendo los problemas.
Por eso el nuevo presidente de la Mesa Directiva todavía tiene algo mucho más importante que demostrar que su capacidad para ganar una discusión: tiene que demostrar que puede dejar de ser parte de ella cuando el cargo se lo exige. Nadie espera ingenuamente que un diputado abandone sus convicciones políticas; lo que se espera es que entienda que representar al Congreso no equivale a representar exclusivamente a quienes piensan como él. El verdadero poder de una Mesa Directiva no está en imponer una voz, sino en conseguir que todas puedan escucharse bajo las mismas reglas. Si el arranque termina confirmando la percepción de que primero está la grilla y después la institución, el problema no será que alguien “sacó el cobre”; será que el Congreso volverá a pagar el precio de confundir liderazgo con protagonismo político y electorero.