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Intentan repartir y limpiar culpas con boletines
00:10 jueves 12 febrero, 2026
Colaboradores
Parece que en las oficinas de la UASLP de San Luis Potosí han confundido el "autonomismo" con el "autismo institucional". Mientras rectoría presume con orgullo que la Universidad Autónoma de SLP se pavonea en el puesto 25 del ranking QS y que sus médicos son los mejores del país en el ENARM, la realidad en los pasillos huele a rancio. Resulta irónico ser expertos en ingeniería y física, pero incapaces de resolver la ecuación más básica de convivencia: cómo evitar que un profesor ataque a una ex alumna o que una oficina de consejería se convierta en una escena del crimen.
El brillo de los galardones académicos ya no alcanza para encandilar a una comunidad que aprendió "a punta de golpes" que, si no cierras el Distribuidor Juárez, simplemente no existes para tu alma mater. Lo ocurrido esta semana en la Facultad de Ciencias es el eco de un terremoto que, según los "sabios" de Rectoría, ya se había calmado tras el horror de Derecho en 2025. Pero no; la memoria no se borra con comunicados grises ni con palmaditas en la espalda en las reuniones de consejo.
Argumentar que una agresión con arma blanca pertenece al "ámbito privado" para justificar la permanencia de un docente es, por decir lo menos, un acto de cobardía administrativa disfrazada de rigor jurídico. ¿En qué momento la presunción de inocencia se convirtió en un cheque en blanco para exponer al estudiantado? El silencio no es institucionalidad, es complicidad. La universidad está enviando un mensaje peligroso: "Si pasa fuera del aula, no es mi problema", como si el carácter de un agresor se quedara colgado en el perchero junto con su bata de laboratorio al entrar al campus.
Hablemos de lo que no dicen los boletines de Comunicación Social, esa oficina que parece más una agencia de gestión de daños mal pagada que un puente real con la sociedad. Lo que se oculta tras la verborrea de los "protocolos" es un pánico absoluto a perder el control frente a los sindicatos y los compromisos políticos de pasillo. La UASLP tiene miedo de limpiar su casa porque las escobas podrían golpear a algún "intocable". Ganan los burócratas que cuidan su jubilación y su silla, pero pierde toda la sociedad en general.
La narrativa se les escapó de las manos hace mucho tiempo. Hoy, la verdad institucional nace en un grupo de WhatsApp de alumnos y se confirma en una pancarta, mientras los directivos siguen esperando que el café se enfríe para redactar una respuesta que no diga nada. Es esta desconexión mediática la que genera el caos; la falta de una voz clara y honesta obliga a la comunidad a radicalizar sus acciones para ser simplemente tomada en cuenta.
Es urgente que alguien les avise que el prestigio es un cristal muy delgado. De nada sirve estar en el top 30 nacional si tus alumnas tienen que ir a clases con el miedo en la mochila. La Secretaría General y la Defensoría de Derechos Universitarios han demostrado ser estructuras de papel, diseñadas para dilatar, cansar y, finalmente, sepultar las quejas bajo un monte de expedientes burocráticos. ¿Quién decidió que la imagen de la institución vale más que la integridad física de quienes le dan sentido?
Esa decisión, tomada desde la comodidad de una oficina climatizada, es la que hoy tiene a la ciudad de cabeza. El desastre comunicativo no es un error de redacción, es un síntoma de una cúpula que se siente intocable. La autonomía no debería ser una muralla para evitar la rendición de cuentas, sino una garantía de excelencia humana. Si para que el Rector mueva un dedo es necesario colapsar el tráfico de una capital entera, entonces la cadena de mando ha fracasado estrepitosamente.
No se puede presumir sustentabilidad internacional en el ranking GreenMetric mientras la seguridad interna se pudre por negligencia. Es una contradicción dolorosa: ser líderes en ciencia pero analfabetas en gestión de crisis humanas y sociales. El "lavado de manos" es una técnica muy antigua, pero en San Luis Potosí, a los estudiantes y a la sociedad ya se le acabó el jabón y la paciencia. La universidad se está convirtiendo en una cáscara brillante que por dentro guarda un vacío de autoridad moral.
A quienes dirigen la "máxima casa de estudios potosina" les falta calle y les sobra soberbia. Si no pueden garantizar que una egresada o una alumna camine por sus facultades sin ser violentada, quítense el título de "los mejores" y pónganse el de "los más omisos". La pregunta ya no es si habrá otra protesta, sino qué tan alto tendrá que subir el volumen de la rabia para que entiendan que su tiempo de ignorar la realidad se terminó.
¿Van a esperar a que la próxima agresión sea fatal para descubrir que su "ámbito privado" es en realidad el cementerio del prestigio que tanto pregonan? La crisis de la Autónoma no es de presupuesto ni de rankings; es una crisis de personas que no saben dirigir porque han olvidado a quién se deben. El cambio de rostros en áreas clave como Comunicación, la Defensoría, y la dirección de la Facultad de Ciencias no es una opción, es una medida de deuda moral y compromiso institucional.
La autonomía se defiende con dignidad y con la cara en alto, no escondiéndose detrás de un boletín mal escrito. La UASLP tiene una historia demasiado grande para ser empequeñecida por directivos que le temen a la justicia. Si la máxima casa de estudios quiere recuperar su lugar, debe empezar por reconocer que el respeto no se gana con posiciones en una lista internacional, sino cuidando lo que pasa dentro de sus propias paredes.
La UASLP no puede seguir siendo una vitrina de trofeos construida sobre un suelo de impunidad, donde la excelencia académica convive, sin inmutarse, con el terror de sus alumnas. La autonomía, esa joya de la corona que tanto juran defender, se está convirtiendo en el sudario de una institución que prefirió cuidar la nómina de sus verdugos antes que el futuro de sus estudiantes.
Rectoría debe entender que el prestigio sin ética es solo una fachada de cartón. Y advertida está, que la ciudad ya no espera sus boletines, espera renuncias y cambios; porque en la vida real, fuera de las gráficas de excelencia, la dignidad no se negocia, y la paciencia de una comunidad estudiantil harta, no cabe en ningún "protocolo".