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Detrás de sus grandes anteojos la senadora Imelda Castro me miró y por un momento sin sus recursos de política profesional: aplomo, serenidad
00:10 jueves 3 septiembre, 2026
Colaboradores
Hace unos cuántos días, al terminar un desayuno con colaboradores y directivos de este diario, le dije a la invitada: cuídese, usted va a ser la candidata al gobierno de Sinaloa, pero si —como nos ha dicho— nunca ha tenido ni por maneras indirectas contactos con “la maña”, cuídese más.
Detrás de sus grandes anteojos la senadora Imelda Castro me miró y por un momento sin sus recursos de política profesional: aplomo, serenidad, prudente cautela, afirmó:
—Sí, claro que me cuido. ¿Cómo?, pensé.
Anteayer, sin pudor alguno, la presidenta Sheinbaum (con A) puso su espada consagratoria en el hombro de Imelda Castro. Prácticamente la ungió como gobernadora de Sinaloa:
“...Es una mujer que tiene muchos años en el movimiento de transformación, que quiere mucho a Sinaloa y debe -como lo he dicho aquí- ser una persona recta, honesta, amar al pueblo, amar a su estado y tener un proyecto para el estado de Sinaloa…”
Pero mientras eso sucedía, la violencia en el estado proseguía en la infinita ruta de su tradicional mortandad, incendio y robo. La buena noticia es la merma: nada más hubo siete asesinatos.
El oficialismo necesita urgentemente deslindarse de uno de los principales factores reales de poder en el estado: el crimen organizado capaz, como se sabe y se aprovechó en su momento, de maniobrar electoralmente para colocar a un gobernador cuya campaña y futuro bienestar ellos financiaron y protegieron con ventajas de futura tolerancia y complicidad.
En ese sentido la marginalidad de Imelda Castro es una realidad (o un recurso).
El fenómeno en Sinaloa no es si el narco corrompió al gobierno o este lo hizo con los delincuentes. Pero en los hechos hay una relación. Viven bajo el mismo techo y en el mismo suelo. Su intensidad depende del talento y la capacidad de la política.
La necesidad de quebrar el binomio (en apariencia) se ha acentuado por la obscena aventura del llamado “rochismo”, pero persiste un “rochismo” sin Rocha: la tradición del narco en el Estado. Dicho de otra manera “los gomeros”, como se les decía antes, ya estaban antes de Morena y seguirán estando en el centro de la actividad del estado sin importar cambios de personas.
Y si surgiera un obstáculo de gran fortaleza para evitar sus actividades, hallarían forma de removerlo. Más de 50 años de intentos de erradicación narco-delictiva, no han tenido éxito. De poco han servido todas las intervenciones militares, policiacas y binacionales como la “Operación Cóndor” por ejemplo. Cuando desorganizaron al crimen organizado, sólo aumentó la violencia.
Cuando Imelda despierte, el gran dinosaurio seguirá ahí, aunque ella nunca haya saludado en Badiraguato a la mamá de El Chapo, como otros hicieron.
POR RAFAEL CARDONA
COLABORADOR
@CARDONARAFAEL