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La cancelación de la retrospectiva del influyente diseñador John Galliano en el Met de Nueva York plantea si la condena moral debe imponerse
00:10 jueves 3 septiembre, 2026
Colaboradores
No soy un entusiasta del trabajo de John Galliano aun si mucho de admirable le encuentro. Dueño de gran pericia, su dominio de técnicas ancestrales como de recursos de punta permite a sus creaciones de moda adoptar formas caprichosas pero perfectas, a partir de un trabajo artesanal que cabe elevar al rango de ingeniería. Creativo culto y desmesurado, es capaz de jugar con referentes históricos y artísticos, y hacerlos dialogar en múltiples combinatorias, con la provocación como denominador común.
Provocador es. Sexual, de entrada, al imponer faldas cortísimas y escotes pronunciados a siluetas de inspiración histórica, al vestir a una Diana de Gales recién empoderada con una prenda que abreva sin pudor de la lencería, al hacer desfilar a Naomi Campbell cubierta con poco más que cadenas o a Linda Evangelista envuelta en gasas translúcidas.
Es también un provocador político, pero uno sin hondura, suerte de valemadrista aristocratizante más irritante que transgresor. De la colección que constituyera su proyecto de graduación en Central St. Martins -—Les incroyables, homenaje a los nobles depuestos que desafiaban los valores burgueses de la Francia post revolucionaria por vía del exceso y la afectación— a la que le valiera un succès de scandale en Dior —Les clochards, que reivindicaba los aparejos de los indigentes como propuesta estética sin por ello ofrecer discurso crítico sobre su circunstancia—, se ha jactado siempre de una frivolidad y una irresponsabilidad que hacen de él un curioso avatar —acaso salvaje— del warholismo. En ese contexto, sus diatribas arrojadas hace tres lustros en un estupor químico a los azorados parroquianos de un bistro parisino suenan menos a racismo arraigado que al berrinche de quien carece de brújula moral ya sólo por tener principios estéticos por toda coordenada ética.
Pero la relevancia histórica quién se la quita. Punta de lanza de la generación que dio al director creativo primacía sobre el modista y a los británicos ventaja sobre franceses e italianos, creador no sólo de prendas icónicas sino de universos autónomos y articulados, Galliano tiene ya en la historia de la moda un lugar equiparable al de Céline o Pound en literatura o, en música, al de Wagner o al de ese Kanye West ineludible en la historia del hip hop.
La decisión del Met neoyorquino de cancelar la ya anunciada retrospectiva de Galliano lleva a formularse preguntas no por manidas irrelevantes. ¿Deben los criterios políticos privar sobre los artísticos? ¿Puede el arte regirse por dogmas morales cuando su naturaleza es cuestionarlos? Acaso puedan resolverse con una menos sobada: ¿habría sido menos problemático hacer recuento de la obra de quien es ya un artista maldito una vez muerto?
Tan fácil que habría sido hacer una expo sobre Chanel, esa colaboracionista.
POR NICOLÁS ALVARADO
COLABORADOR
@NICOLASALVARADOLECTOR